lunes, 27 de octubre de 2008

El guión de una ciudad

(PD: No se corrigiò ni nada, asì que posiblemente encontremos entre todos errores mayores. De cualquier manera saliò asì, habrà que ver...)












Cuento II




En un extremo, está Claudia.

Claudia tiene un elástico amarrado al tobillo izquierdo. Un elástico blanco, de esos que se usan para jugar en los recreos. Un buen día, apareció ahí, agarrado firmemente, y nunca se lo pudo quitar.

Claudia ha sido estudiante y profesional con ese elástico. Ha tenido sexo, discusiones, risas, borracheras y se ha casado con el elástico. Ha vivido entre libros diarios, lecciones de economía, con calculadoras y haciendo cálculos de stock. Se ha recibido con el elástico marcando cada paso, cada vaivén de un baile, cada vuelta. La Clínica del Niño la vio llegar, embarazada y con el elástico, y con el marido pisándole los talones y el elástico. La vio salir con un enorme ramo de flores de Brandinelli y con un crío entre los brazos.

Y con el elástico.

El médico que cortó el cordón umbilical no quiso extirparle el elástico. Que él sabía de partos, no de costura.

Claudia ha sido madre por diez años con el elástico. Ha sido contadora por veintitrés.

No existe un centímetro de esta bendita ciudad en la que sus idas y vueltas, no hayan quedado inmortalizados. Sus continuos vaivenes se ven reflejados en cada voltereta que el tirante elástico ha dejado definido en las esquinas, en las patas de las mesas de los cafés, en los postes de luz, en las paradas de taxi, en los bancos de las plazas. La ciudad ha vivido en un continuo juego, esquivando, saltando o tropezándose con el elástico que en un extremo lleva Claudia. En la esquina de Funes y Libertad, frente a la iglesia, los niños del colegio franciscano solían reunirse para saltar y hacer competencias.

Claudia se ha acostumbrado a manejarse con el elástico, ya ni recuerda que existe.

Poco a poco, eso mismo sucede con el resto de la ciudad, y ya hasta los transeúntes distraídos son capaces de sortear los obstáculos que representan las vueltas incontables del elástico.

Hace más de veinte años que el elástico está ahí. Sólo que ya han sido tres las veces que se ha tensado lo suficiente y ha vencido las fuerzas que lo estiran hacia los extremos: cuando esto sucede ambas puntas se encuentran.

La última vez, Claudia salía de su estudio, en un día frío a pocas horas del fin de semana, y un fugaz temblor la sacudió. Sólo hizo falta eso: el elástico tiró, hacia atrás y más atrás, deshaciendo el camino que había marcado por tres años, hasta chocarse con el otro extremo.

Pero eso fue hace, trece años, poco más. Tal vez, catorce. Y fue la tercer vez que sucedía, de modo que, esta vez, dijo, no volvería a suceder: se haría más fuerte, olvidaría y nunca más volvería.

Jamás. Y por trece años ese será el jamás.

Años hace que Claudia no recuerda el elástico y se extraña, porque caminar se le hace más difícil: a cada uno de sus pasos debe imprimirle el doble de la fuerza que le ha impreso al anterior, hasta que resuelve anudarse a cada esquina y así continuar.

Hay, sin embargo, esfuerzos que se sufren y sufrimientos que cada vez se toleran menos.

-Mañana salgo para Mendoza. –. Ella acaba de posar como una mariposa sus manos sobre un libro, acaba de tomarlo, esta a punto de irse, repleta de papeles. Claudia gira la cabeza. Entorna los ojos.

-Horacio, dijiste que era la última vez...

-Sí, sí, amor, ya sé que dije. –. El hombre la observa desde su cómodo escritorio, sin apartar los ojos de la Laptop que lo envuelve en su aura fluorescente.- Pero, pensá, Claudia, ya te dije, ¡la cantidad de puertas que se me abrirían en la empresa!

-Horacio, yo entiendo que quieras superarte y seguir creciendo... pero es así desde hace doce años, trece... ¿cuándo te vas a preocupar por nosotros? Acaso tu hijo y yo no representamos más que el trabajo? –. Entonces él se digna a levantar la vista y, aunque presta atención a la oscuridad del cuarto, aún no cae en la cuenta de que, en su atropello por conectarse, siquiera a levantado las persianas. La mañana entra por el pasillo, pero Claudia la obstruye con su figura.

-Noooo, Claudiaaa, claro que son importantes, ¿ves? No pudo creer que te parezca que... ¡Claudia, por favor! ¡¡Si yo estoy sacrificando tiempo con ustedes, es para que podamos vivir mejor!!

-¿¿Y a mi que mierrrda me importa vivir bien, Horacio?? ¡Yo quiero vivir! ¿Cuánto, hace cuánto tiempo que no te tomas vacaciones, que no viajamos? ¿Cuál fue la última Navidad en la que no encendiste la computadora? ¿Alguna vez desde que tenés celular, desde que te compraste ese ladrillo neeeeeeegro, alguna vez lo apagaste los fines de semana?

-¡¡Claudia, dejate de joder, lo hago por nosotros, te pensas que me gusta!! ¡¡Es por esa idea que tenes del laburo, que estas encerrada siempre en el mismo estudio, con los mismos clientes y no evolucionas!!

-Ahhhhh, ¿sí, te parece? ¿Y vos, a cuántas reuniones de padres fuiste, a cuántos actos? Entiendo que trabajes, ¡¡pero no que te dejes explotar!! Yo puedo le haber faltado alguna vez a Damián, algunas veces llego tarde a buscarlo, pero lo vivo, jugamos, hablamos, vemos películas, Horacio. Yo crezco con él... Se supone que deberíamos crecer los tres.

Horacio baja la cabeza, desorientado y dolido. No sabe como debatir ese argumento. Entonces, luego de unos minutos invernales, es capaz de levantar la cabeza y decir:

-Ay, Claudia... no es tan simple, ¿no?

-No.

-... –. Y Horacio asiente con la cabeza, en silencio. Entonces, hace un gesto, la invita a acercarse.- Vení, Claudia. –. Ella duda, parece resignarse y avanzar, su sombra tiembla, se detiene. y al hombre se le frunce el seño.- Venía, Clau... Ah... clara... ese elástico...

-Horacio...

-¡¡Ese elástico de mierrrda... que ya no te deja andar libre!! ¡¡Esa cosa de porquería, ya la voy a arreglar, ya no nos va a joder más!! –dice empuñando una tijera que re luce, como el hielo, entre la oscuridad.

-¡¡Horacio, pará!! –le grita ella, mientras él avanza a paso desencajado para extirparle el cordón que le impide avanzar a su mujer.- ¡¡No me frena el elástico: yo no quiero ir!! –. El hombre se paraliza.- No quiero, Horacio. Ya está. Es tarde.

-Claudia...

-Ya está Horacio. –. Al principio, no se mueve de donde está: el marco de la puerta enmarca su estampa de desconsuelo y su color hostil. Pero luego, comienza a caminar hacia atrás, atrás, y más atrás... hasta perderse de vista.

Él corre, corre, su mano derecha tira y tira, entra al departamento, da mil volteretas por las pequeñas habitaciones, derrumba la montaña de dibujos anaranjados que tiene acomodada sobre el escritorio, se deshace el nudo alrededor de sus lápices negros Staedtler, en la cocina caen la olla y la sartén en un fulgor plateado, se obliga a dar siete vueltas a la heladera (las veces que la ha arreglado) y salir disparado hacia el brillante afuera.

Ella ha caído y su pierna izquierda la arrastra por toda la ciudad, sobre una carpeta de libros diarios negra, que se va despellejando a medida que avanza con al rapidez de un trueno. Va recorrer la oficina, varios inventarios se le caen en la cabeza, y la cafetera vacía hace ¡clanc! al tocar el piso de la cocinita, fuera de la vista de los clientes que, en esa mañana, ven cómo la contadora gira y gira sin parar, más de treinta veces alrededor de cada una de las patas de su escritorio mientras grita desesperada AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH con su pierna derecha recogida sobre el improvisado trineo y sus manos amarradas a los bordes.

Cruza el supermercado chino, tirando las gaseosas amarronadas, de marcas rojas, verdes y azules: algunas botellas caen y explotan verdes, el piso se lava con cerveza y jabón en polvo. El sanjuanino de la carnicería apenas atina a moverse, envuelto en el contrastante amarillo de la mañana y las luces blancas, pero los orientales saltan de las cajas: en el instante en que una lluvia de puteadas asiáticas le cae en la cabeza, sus pies dejan de responderle y cae al piso sobre un trapo oscuro, jugoso de mugre y cloro. Así Fabián sale a la calle, perseguido por una horda colorida de chinos de pelo negro, agitando palos de escoba de plástico violeta y pistolas de precios en rebajas oscuras.

La avenida Independencia, desde Falucho hasta Tres de Febrero la ve cruzar lanzando los papeles que le quedaban en la mano, subiendo las escaleras de algunos consultorios, entrando en diversísimos locales de ropa en donde saltan las perchas y los zapatos.

Los médicos de la Clínica 25 de Mayo abren las puertas hacia los pasillos, intrigados y electrizados por los gritos de esta mujer que, como buena madre, no sólo da mil vueltas entre las camillas de la guardia infantil, del pediatra y la ginecóloga, sino también da una vuelta por la sala de partos en donde una primeriza la acompaña en el grito. ¡¡Que atropello, por Dios!!

Así, arrastrándose por las calles, llevándose por delante dos o tres peatones distraídos, el hombre pasa el umbral de la librería: en cada estante hay un nudo que se desarma, en cada pelo de un liner hay una hora de reflexión, mucho cuidado en la selección de materiales para el arte. Por eso el sitio se desarma y vuelve a articularse bajo una nueva organización: bajo el sonido de las lapiceras doradas y negras, los lápices azules, los lengua de gato y los biselados, los tarros repletos de sacapuntas verdes, de los fibrones rojos, los ahuecadores, las estacas y los resaltadores fuccias suicidándose contra el piso se ahoga los gritos de los empleados y, por sobre todo, el grito de Fabián, que barre con los mostradores de acrílicos y óleos. El piso se embadurna de colores y texturas, el aire se despide de su habitual orden: el creppe, la goma eva, el telgopor, las témperas, las sanguinas y la carbonilla, los barnices, el latéx, los pasteles mutilados, los lápices sepia y la purpurina, manchando el espacio con su espacilidad de punto .

-¿Damián?

-¿Qué?

-¿Esa no es tu mamá? –pregunta Martín cuando ve a la portera del colegio correr desesperada, agitando la escoba detrás de un bólido humano que deshace los juegos de los que juegan al elástico a medida que los envuelve en él.

-¿Mamá?

Y para la veloz salida ya se han congregado detrás del extremo del elástico la maestra de primero, las de cuarto y quinto, la directora, el profesor de música, los chicos de primaria en recreo y todos los grandulones de Polimodal que se engancharon en la joda y traen al de biología a cuestas mientras corean ¡¡¡BA-RI-LOCHEDOSMILDIEZ; BA-RI-LOCHEDOSMILDIEZ; BA-RI-LOCHEDOSMILDIEZ!!!

Parece que no termina nunca su recorrida, pero, repentinamente, el elástico lo saca del local, embebido en ese mejunje que dejó atrás, lo arrastra por las calles de adentro, por Daprotis hasta López y Planes, hasta Strobell, Paatagones y San Juan, por Necochea, hasta la Independencia y luego de la costa, otra vez hacia “adentro”. Ahí nomás de cruzar los portones del patio grande sale disparada Claudia gritando como loca hacia allá, más allá, hacia el departamento de soltera, hacia la otra punta de la ciudad que ya no recuerda tanto. Pero, de repente, al doblar en una esquina, se cruzó con otro bólido. Y en medio de ese eufórico viaje, repentino, doblando una esquina, otro bólido se cruza con ella.

¡¡PAFT!!

-¿Claudia?

-… ¿Fabián?… ¿Qué te pasó? ¿Otra vez la librería…?

-Sí… pero esta vez fue peor. –dice él, levantándose y dándole su mano a la mujer.

-Sí, me doy cuenta. –comenta ella, sacándole del pecho el trapo de pisos agujereado por el viaje.- Además… pasaron más de diez años… –. Y él suspira.

-Sí, trece años más o menos. Es mucho tiempo. –murmura mientras toma del piso la carpeta negra de Claudia, o, al menos, lo que queda de ella.

-Sí, es mucho tiempo.

-

-

-Y bueno. –entonces, él sonríe:- ¿Te invito un café?




-¡Me voy! –le responde Ana, mientras llena el bolso de ropa, eufórica.

-Pero, Ana, ¿cómo…?

-¿Cómo? ¡¡Con la beca!!

-¿La, la beca…? ¿Vos…, vos te referís a…?

¡¡SIIIIIII, la de Nueva York!!! –ella da un brinco sobre la cama y termina abrazándolo; exaltada apenas lo toca, va hacia el baño, corre a la cocina y vuelve a tirar cosas a la valija.- Me llamaron hoy y me pidieron que me presente lo antes posible por papeleo viste como son ellos con esas cosas que la visa que los documentos que si sos latino que examen de salud así que ya saque pasaje para Buenos Aires y ahí voy y saco en el primer vuelo que salga para alláaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyy Fabiiiiiiiiiiiiiiiii no lo puedo creeeerrrrrrrrrrr –. Ana continúa con un detallado análisis de la charla que mantuvo por teléfono con el responsable de las Becas en el país, imitando su acento inglés, luego con su madre, luego con su hermana, luego con su mejor amiga, luego con...

Fabián sonríe. Casi no la escucha cuando comenta que en cinco minutos pasará a recogerla un remís, sólo desea mirarla desde donde está. En especial, mirarla sin mirar, porque es ahí, en su mundo callado, que descubre cuan lejos está de seguirle el ritmo a Ana. Es chica, algo más chica que él. Tal vez eso no tenga nada que ver, es sólo que sabe, porque ha vivido tres años con ella, que Ana no dudaría de raparse en pleno escenario ese lacio pelo que lleva hasta la cintura (y más) si el guión así se lo demandara. Si el mensaje, así se transmitiese. Él en cambio, quiere serenarse cada vez más, crecer de otra manera.

Suena una bocina, allá abaja, por debajo de “su” sexto piso.

-Ayyyyyyyy lllego espere… que espere… -le grita al remisero mientras hace señas desde el balcón.- ¡¡ESPERE!!; LA PUTA MADRE; ¡¡ESPERE QUE YA BAJO!! Fabián, Fabi me das una man… gracias amor tenes llaves vamos ayyy nada no me olvido de nada documento anteojos celular billetera pasaje no bueno no no importa cualquier cosa me mandas todo por email o por correo vamos si vamos ahora sí. Fabi. –dice, y se tranquiliza cuando están instalados en el estrecho ascensor.- Vos sabes que son nueve meses… bah, ya hablamos de esto… sabes que te amo y que cuando vuelva, mi sentimiento por vos va a seguir así… pero, no… no te quiero presionar si vos… -. Es Fabián el que ríe, el que la toma de los hombros y le susurra:

-Ana, vos no estas para mí; ni yo para vos. Yo ya quiero ver el sol nacer y morirse en la misma ciudad. Ya tendría que haber me instalado hace rato.

Ambos salieron del ascensor compenetrados, mirándose.

-Y vos, vos Ana, estas en el momento ideal: tenes que viajar, tenes que aprender, tenes que conocer gente… estar en fiestas, divertirte, disfrutar cada paso sobre las tablas… Y no lo digo porque nueve meses sean un parto, Ana: llega la mejor hora para despegar… ya vendrán otras ilusiones.

-A lo mejor… No sé.

-Ejem…

-Ana, Ana, mirame: yo creo que, a lo mejor, resulta mejor así.

-Ejem… -repitió el remisero. Ana lo fulminó con la mirada y entonces volvió su cabeza a Fabián:

-Ay… nene…

-Te quiero flaca. –le dijo, dándole un pequeño beso.- Anda. –. Ana respiró hondo, sonrió, entró al remis y lanzó una dirección. El auto comenzó a alejarse, pero ella bajó la ventanilla y sacó medio cuerpo afuera. Fabián intentó dar uno o dos pasos, pero el elástico tiba hacia atrás. Alcanzó a gritarle- ¡No te cuelgues! ¡Escribime, te llamo!

¡¡Seeeeeeeee, obbbbvio!!! –gritó feliz ella.- ¡¡Te quiero CalamArO!!

Fabián se ríe: es que a veces ellos, sus canciones, dicen las cosas que uno no sabe como decir. Por algo será, piensa, que habiendo perdido tanto, no pierden su amor amor al canto, ni su sus voces como cantores...

Decidido a dar una vuelta, con esa mañana espléndida, antes de encerrarse otra vez a garabatear algo para la editorial Martín, cierra la puerta del edificio e intenta caminar hacia el mismo lado que Ana. Pero otra vez, el elástico lo sujeta y tiene que hacer una inmensa fuerza para dar cinco pasos. Entonces, le parece que la presión ha descendido y baja la guardia. Tiembla, y ese temblor, lo arrastra hacia atrás.

El joven se había acostumbrado a hacer arte con el elástico. Así, poco a poco se olvidó que está ahí.

Hace más de veinte años que tiene el elástico ahí. Sólo que ya han sido tres las veces que se ha tensado lo suficiente y ha vencido las fuerzas que lo estiran hacia los extremos: cuando esto sucede ambos bordes se encuentran.

La última vez, él estaba en su trabajo, probando zapatos a las señoras, rogando que diesen las diez, y un fugaz temblor lo sacudió, y no, no había recordado que no tenía nada en la heladera de su casa. Había sido otra cosa. Sólo hizo falta eso: el elástico tiró, hacia atrás y más atrás, deshaciendo el camino que había marcado por tres años, hasta chocarse con el otro extremo.

Pero eso fue hace catorce años, poco menos. Tal vez, trece. Y fue la tercer vez que sucedía, de modo que, esta vez, dijo, no volvería a suceder: olvidaría, buscaría más allá y nunca más volvería.

Jamás. Y por trece años ese será el jamás.

Años hace que no recuerda el elástico y se extraña, porque cada vez que toma un lápiz e intenta acercarlo al extremo de la hoja, tiene que hacer una fuerza inexplicable: su mano se descontrola, su brazo le duele, y termina por dibujar garabatos insulsos.

Hay ideas, sin embargo, que tiran y aflojan en su cabeza, que cada vez son más recurrentes, menos conjetura y más afirmación.

Él ha estudiado, ha renegado, se ha muerto de hambre con ese elástico. Ha pintado y repintado; ha dibujado una y otra vez con ese elástico. Ha enviado sus trabajos por correo, los ha visto impresos en los libros de cuentos, los ha leído con el elástico. Ha bebido y se ha enamorado con ese elástico. Ha construido una casa en la Florida, la ha habitado, la ha vivido con su hermosa pareja y con el elástico. Firmó los papeles de entrega de la propiedad con ese elástico.

Ha estado acompañado por el elástico durante más de veinte años. Aún así, se ha sentido sólo doscientos setenta y un domingos de lluvia. Ha encontrado a alguien, para nunca dejarla. Se han dejado. Ha ido a comer al puerto.

No existe un centímetro de esta bendita ciudad en la que sus idas y vueltas, no hayan quedado inmortalizados. En casi todos los picaportes han quedado nudos, las volteretas que la mano derecha de ese hombre marca al abrir y cerrar; enredado con los cables de los teléfonos públicos que Telefónica y Telecom se disputaban hasta que aparecieron los celulares; en las rejas de las casas, en los arbustos, en los árboles. Vistiendo los bustos firmes de las estatuas de la plaza San Martín, en especial, de esa pareja de amantes en celo frente al café el “Bar Ko”, que se regocija cada día más. La ciudad ha vivido en un constante juego, yéndose contra las cuerdas del ring, siendo repelidos y devueltos a la pelea. Hasta en la plazoleta del Polideportivo, los chicos que salían del Ilia o de la Técnica se reunían para jugar al limbo y quebrar sus espaldas hasta tocar el suelo.


Es que Fabián tiene un elástico amarrado a su muñeca derecha. Un elástico blanco, de esos que usan las costureras para los joggins. Un buen día, apareció ahí, agarrado firmemente, y nunca se lo pudo quitar.


Así es que, en el otro extremo, está Fabián.








16 comentarios:

rayuela dijo...

Respiro profundo....
Bueno,muy bueno.Cobra fuerza el relato en su transcurso, tensando el catártico elástico-texto.Esto es "tensión extrema emocional de los personajes".(Más allá de la metáfora del elástico.)
Sólo corregiría dos mínimas cosas,que luego charlaremos.

Espero que tu jamás no dure trece años.
Quién tiene las tijeras para el elástico de Rolalola?


Bueno,muuuuuuuuuuuuyyy bueno!!!!!!!!

DELIRICOM dijo...

Extenso, pero vale cada uno de los minutos que me llevo leerlo y más, excelente, hace que mi blog se avergüenze (siempre quise usar diéresis), pero ojo, una vergüenza digna (estoy feliz, otra vez diéresis), señora Rolalola me quito el sombrero y le entrego mi pluma fuente.
Si de las tres opciones de pseudo-inmortalidad que existen, arbol, cigüeña (es el mejor día de mi vida, me vomito de la alegría) o libro, elije la última, no dudare ni un segundo en pagar lo que fuese necesario.

Rolalola dijo...

Mensaje para dos:




Rayuela:
Espero poder terminar de cortar el elàstico sòla, por màs que duela (y vos sabès que es asì).
Sobre los errores, de eso se trata: de CO-RRE-GIR, de ME-JO-RAR, así que cualquier crítica será charlada y bien recibida (mate por medio de ser posible).
En cuanto a la organización del texto tengo un par de dudas que me gustaría comentarte.... (por supuesto, también mate de por medio)
¡¡Besos enormes!!





Estimado Delircom:
¡¡Por favor, no es necesario que vomite de alegrìa!!
En primer lugar, su blo´ no debe avergonzarse por nada... no debe tener vergüenza, ya que...
.

Che tenès razón, la dièresis es morbosamente agradable.


... no debe tener vergüenza, ya que su blog es una fuente de risas, regocijo y pensamiento para mi, así como, estoy segura lo es para muchas otras personas más.
En segundo lugar, porque no necesitaría enumerar las tres opciones: ¡me quedaría sin pensarlo con el libro y, agradecería tambièn la pluma fuente de un escritor como usted!
Y en tercer lugar, agradezco que halla dejado aquì parte de su tiempo... ¡¡eso sì es difìcil!!
¡Muchos saludos y suerte!

rayuela dijo...

Aló aló! Esto de circular por blós es muy excitante!

La espero para charlar y matear cuanto sea necesario, ya que yo también tengo dudas estructurales.

Y por favor, invitemos a la pluma fuente, tal vez venga volando en cigüeña desde el oeste profundo.

(Y dejémonos de hablarnos de "usted", parece que nos tragamos a Dolina...)

Besossss!!!!

elparaisodelalocura dijo...

bueno..que lindo blog..ahora con mas tiempo lo voy a leer bien..,y gracias por tu firmita..!
un besote

Rolalola dijo...

¡¡Gracias a vos por pasar y compartir con nosotros tan hermoso trabajo!!

CeLeS! dijo...

Conmovedor al punto de nublarse los ojos y borronearse las letras...
Aires de comic ¡¡PAFT!!
Frases sabinescas "se ha sentido sólo doscientos setenta y un domingos de lluvia..."
El mundo q te envuelve: "lapiceras doradas y negras, los lápices azules, los lengua de gato y los biselados, los tarros repletos de sacapuntas verdes, de los fibrones rojos, los ahuecadores, las estacas y los resaltadores fuccias..."



Y mi propio intertexto, "La gente q habla sola" de A77aque.




Aplausos!

elparaisodelalocura dijo...

que buenlo,la verdad lo lei dos veces no por que no lo entendi si no por que me gusto mucho..
felicitaciones si,si,si!
besos

trenazul dijo...

Fantástico... confieso que por un momento dejé de entender de qué se trataba,, cuando cambiamos de Claudia a Fabián. Pero qué buen guión,, que buena estructura de texto y qué buen argumento... coincido con esa sensación de Silvia comentó, esa 'tensión extrema emocional de los personajes',, yo también la sentí. Y en esos momentos apuraba la lectura y me ponía ansioso por saber qué pasaría después, cada vez con más ansias.

En fín.. qué grata experiencia es leer este tipo de textos. Debería dedicarle más tiempo a esta acitividad.

Te saludo y felicito Rolalola!

CeLeS! dijo...

quiero mi sapo...=)




(q por cierto tiene elástico)

Dark Dove dijo...

Hola soy Paloma, hija postiza de Silvia, amiga de Celes, y conocida de algunos otros… Me gusto mucho lo que escribiste, creo haber visto una publicidad de autos o algo así, donde todos estaban amarrados, leí tu cuento y la imagen mental me salto sola… que fantástico como lo contas , me surgió una duda… Horacio estuvo atado al elástico en algún momento?? Tuve esa sensación…
Sabes tengo que hacer una adaptación de un cuento, para guión, yo estudio cine, y me gustaría hacerlo de tu cuento… va si vos me dejas… seria genial…

Me dio mucho placer leer tu historia… gracias x compartirla con el mundo!!!

Abrazo… ((espero q no moleste mi visita))

Paloma666

Dark Dove dijo...

Muchísimas gracias, ya mismo empiezo a trabajarlo… lo que si te cuento, que viste como es esto de adaptar, y sobretodo para cine… los recursos cambian, no el argumento claro… estoy emocionada!! Hoy tengo guión, ya se lo voy a presentar a mi profesor para empezar a laburarlo!!... esta noche no duermo!! Lo que si me gustaría saber tu nombre para poner de quien es la adaptación!. Cualquier cosa escribime, mi mail es soy666paloma@hotmail.com

Un gusto che!, ah y gracias x pasar x mi blog y por tu firma.

Besos

Paloma666

CeLeS! dijo...

Actualizacioooooooonnnnn!!!!
(con voz de cajera de supermercado ^^)


jajaja

rayuela dijo...

Estoy muy triste! Rolalola pasó por todos lados pero no por mi zigurat...Oh!Es tan grande mi dolorrrr!!!

rayuela dijo...

sisi me encanta el pop art!

se me acabaron las ideas
chau

CeLeS! dijo...

la de arriba era yo sin darme cuenta q rayuela (q no la conozco) estaba loggeada... =P